miércoles, 8 de julio de 2026

Smarginatura. Parte 2: Tras el cristal

El 18 de Diciembre de 2018, para celebrar las vacaciones navideñas del ciclo formativo que recién comenzaba, alguien del grupo sacó una hierba bastante peculiar y a mí, temeraria desde mi temprana juventud con el único fin de acorralar a la melancolia y en uno de los puntos de mi vida en el que más medicada me encontraba, se me ocurrió la feliz idea de darle tres caladas tras lustros sin probar maría -en las dos o tres ocasiones que la había tomado jamás me había hecho efecto alguno-. Fue el peor error que pude cometer y que cambiaría mi futuro irremediablemente. Experimenté un viaje espacio-temporal con estado paranoide -parpadeaba y estaba tumbada en la calle,
parpadeaba y estaba en el piso de arriba del bar, postrada en el coche pasaba una y otra vez por la misma calle, viendo en bucle los mismos neones- el cual, entre risas, todo el mundo llamó "un amarillo" y que desembocó en tres años de ataques de pánico casi diarios que solo una modificación -y aumento- de la medicación pudieron paliar. Tengo trastorno límite; dicho límite me mantiene entre la neurosis y la psicosis y yo temía con todas mis fuerzas que en algún momento llegaría a cruzar "al otro lado" y no podría regresar jamás. Mi yo irreflexivo y audaz murió aquella noche. Nunca volvería a beber alcohol ni a tomar cafeína, taurina o similares (actualmente solo me atrevo con una chispa de Martini en el Bitter Kas del aperitivo en los festivos y una cápsula de café las mañanas en las que me levanto sin apenas fuerzas).

El 1 de Marzo de 2026 me desperté de la siesta bruscamente a causa de un ataque de tos. Cuando me levanté a por un caramelo, empecé a experimentar las mismas sensaciones que tuve tumbada en aquél bar. Algo o alguien me había drogado. Inmediatamente creí que iba a morir. Empecé a ver lo que estaba a mi alrededor alejándose en un túnel veloz que todo lo devoraba y el espacio se volvió negro -creí que había perdido el conocimiento pero no, la psiquiatra de Urgencias me explicó que simplemente mi mente se había apagado como mecanismo de protección-. Sentía que las frases se derretían en un cerebro que ya empezaba a resultarme ajeno y que parecía comenzar a vaciarse. Sin embargo, lo más curioso no fue eso, sino la extraña sensación que se repetiría en tres ecos de ese episodio que sucederían semanas después. En ella notaba que mi cerebro se expandía hasta un más allá todavía incognoscible para mí, como la teoría esa de mierda mil veces escuchada sobre el 10% utilizado y el 90% aún sin desarrollar. Las compuertas de mi entendimiento se abrían de golpe y el terror se desencadenaba: al final había una puerta cerrada y algo dentro de mí sabía que detrás había algo terrible. En el segundo episodio contemplé una imagen poderosísima: como si mi mente fuese una mesa donde se hubiera desplegado un mapa y alguien hubiese puesto vasos y pisapapeles en lugares concretos que me impedían la visión. Lo sentí muy físico, como si tuviera miodesopsias visuales o enormes salpicaduras en las gafas.

La búsqueda de la explicación a ese misterio unido al de la causa de la desrealización casi me hacen enloquecer. La primera semana después del primer episodio creí estar bajo el efecto de un hechizo. Nada me parecía real y estaba convencida de que algo paranormal se había apoderado de mí. Vivía en un limbo terrible que me llevó a necesitar de un choque, algo tajante y tal vez fatal que me trajera de nuevo a la realidad, si es que eso acaso existía o tal vez todos vivíamos en un sueño. (¡Ay, Calderón!)

La segunda semana -coincidiendo con mi 36 cumpleaños- el miedo ya no era solo mi sombra: se pegó como brea a cada centímetro de mi cuerpo. Había desterrado a todo sentimiento ajeno a él. Tenía miedo a dormir, a quedarme sola con mi cabeza desordenada; en todo ese tiempo escribí sólo medio folio y con la mayor celeridad, con terror a perder el hilo y como si algún ente maligno me estuviera vigilando.
Esperaba que El Suceso volviera a acontecer en cualquier momento; no me reconocía, el lenguaje me había abandonado y mi cabeza a veces se quedaba sin ruido de fondo: perdí toda esperanza y sentido de vivir. Empecé a tener pánico a las posibilidades de la mente humana, especialmente cuando por ahí merodea un misterio sin resolver. Mi psicóloga me daba trucos pueriles -como contar de cien hacia atrás de tres en tres o ver anuncios en la tele una y otra vez- para no quedarme a solas con mi cabeza y me repetía que aquello no era magia como yo creía: que todo era cosa de química, hormonas, ansiedad; que le sucedía a muchísima gente y que saldría de aquél agujero sin ninguna duda. Me agarré a esto como a la última hebra de una cuerda que sujeta a un escalador que está a punto de despeñarse. Y al momento en el que me di cuenta de que comenzaba a reconocerme, que mi Yo seguía dentro de mí, me lo repetí y lo escribí por todas partes: EL YO SIEMPRE PERMANECE. Pero odio decir que lo que en última instancia me salvó fue que, tras semanas insistiendo, me añadieron benzodiacepinas al cóctel diario habitual.

En “La Amiga Estupenda” de Elena Ferrante (la única saga que no sólo tolero, sino que venero) Lila Cerullo sufre dos episodios de disociación a los que denomina smarginatura o desbordamiento: uno durante una pelea de cohetes en unos tejados y el otro durante el gran terremoto de Nápoles. Ella describe la situación como “si el mundo, las personas, los objetos perdieran sus contornos”. En “El Juego del Ahorcado”, de Imma Turbau, la protagonista sale de su cuerpo y se observa desde el techo mientras es violada. Nunca he escuchado un testimonio similar al mío, lo cual me intranquilizaba y hacía que dudase de mi diagnóstico. Pregunté dudas a cuatro psiquiatras y tres psicólogos. Consultaba Google cuarenta veces al día. Todo síntoma era digno de ser analizable.

Ese mes estuve en, si mal no recuerdo, cinco especialistas distintos. Durante el evento notaba una presión extraña en la nariz unida a un olor amargo, como si una descarga de un químico me invadiese el cráneo progresivamente. Los episodios siempre me sucedían entre la vigilia y el sueño, a pesar de ser totalmente consciente de estar despierta ya que interactuaba con la gente y los objetos a mi alrededor, pero convencida de estar en otra dimensión, separada de ellos como por un cristal que golpeaba sin descanso como el abuelo Simpson intentando impedir aquella boda. El neurólogo y el otorrino descartaron anomalía alguna, pero días después el estrés derivó en mareos que no cesaban, sufría de migrañas con aura y vértigos absolutamente incapacitantes que jamás había experimentado y que duraron dos meses y medio; justo hasta que comencé las nuevas pastillas, empecé a hacerme cargo de cosas que tenía enquistadas y expié la culpa de la que ya hablamos el otro día.

Sé que mucha gente pagaría por experimentar algo similar a esto: yo solo quería quedarme y mi único mantra era la certeza que los médicos me repetían: SIEMPRE SE VUELVE. En aquél más allá el arraigo a la vida terrenal era lo único por lo que clamaba, al menos mientras me quedase algo por hacer, textos por escribir y personas a las que seguir amando.