miércoles, 8 de julio de 2026
Smarginatura. Parte 2: Tras el cristal
viernes, 12 de junio de 2026
Smarginatura. Parte 1: El dolor de los demás
Para Manu L.P., por si llegas a leerme. (Disculpa si soy un poco pedante. Espero que aguantes hasta el final).
¿La poesía puede tornarse frívola cuando versa sobre lo sagrado? Es una pregunta aparentemente estúpida; ¿cómo va a ser eso posible, siendo esta una de las artes más propiamente sagradas que existen, que aporta de inmediato una pátina de divinización al tema tratado?
¿Y cuando tratas sobre lo sagrado ajeno? ¿Se puede volver irrespetuosa? ¿Dañina incluso?
¿Qué sucede cuando decides no solo escribir, sino también vivir en el dolor ajeno?
Y qué es el culmen de lo doloroso y lo sagrado sino la muerte de un niño. Un niño que nunca te perteneció: el hijo de otra, el nieto de otros, amigo de otros, 𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘪𝘮𝘰 𝘥𝘦 𝘰𝘵𝘳𝘰.
Un niño que nunca me perteneció pero que guió mi adolescencia como un tutor guía una planta descarriada, inspirándome un atípico sentimiento que solo podría ser esclarecido mediante el cripticismo del poema.
Un niño al que toda España buscó a principios de los 2000, que se me apareció en la pantalla de la TV como Bronwyn se le apareció a Cirlot, que se convertiría en la intangible y sempiterna Annabel Leigh (gracias siempre a Nabokov por guiar mis pasos) y en cuyo principado frente al mar me quedaría anclada eternamente, con la firme creencia de que en mí había sido depositado el cometido de continuar su vida justo donde él la había dejado y que toda la historia se repetiría como un ouróboros (símbolo que por aquél entonces obsesionaba mi pequeño cerebro, donde el pensamiento mágico ya comenzaba a extenderse como una ávida hiedra).
En 2018 terminé de vertebrar un poemario espoleada por el profesor de una de las últimas asignaturas de la carrera como trabajo a evaluar y, habituada a trabajar exclusivamente bajo presión, reuní y confeccioné algo medio decente con todos los retales que había escrito desde que consideré tener algo de valor literario. Bien; el poemario trata del amor como extraña fuerza con infinitas aristas y diferentes formas de manifestarse y consta de cinco actos: el primero es una elegía.
En este blog hay subidos algunos poemas que intentan resumir allí mi extrañeza ("he aquí mi testamento, señores del jurado"), sentimientos particulares que marcarían mi manera de querer para siempre, disociándola y diversificándola. Hoy sé que hay formas de sentir que son inexplicables fuera de lo mitológico y en las que no tiene cabida alguna lo tangible. Convertir en imaginario propio una calle. Un pueblo. Una parada de autobús. Fechas concretas, recortes de periódicos. Amar una sensación en el aire, un 𝘻𝘦𝘪𝘵𝘨𝘦𝘪𝘴𝘵 o espíritu común en unos años idealizados vividos - también sufridos- a la vez en dos lugares no tan lejanos que de pronto se detendrían en un momento exacto y fatal quedando encapsulados para siempre. (Tú apenas tendrías dos o tres años cuando pasó. Sólo te lo puedes imaginar, pues han sido recuerdos narrados -lo has sufrido por herencia, por trauma transgeneracional- pero lo sufres con toda la legitimidad de la que yo siempre careceré).
El día en el que, tras más de 20 años y por un error fatal se rompió la fina tela que separaba lo que nos quedaba aquí en la Tierra, también quebró algo en mi cabeza. Directa desde mi corazón llegó a mi cerebro la desrealización, o, como diría Elena Ferrante, la smarginatura o desbordamiento. El 1 de Marzo mi cabeza giró como un cubo de rubik o una caja mágica de apertura en clave y se demoró dos largos y penosos meses en volver a su ser neurótico habitual, con las consabidas secuelas que aún arrastro. Mucha gente que disocia se ve desde fuera de su cuerpo; yo observaba desde dentro pero en una dimensión paralela en la que frente a mí había un cristal que no podía traspasar. Otra pantalla de TV, otra realidad.
La cultura y la ciencia nos ha enseñado que la mayoría de los episodios disociativos se producen por un trauma. Mis médicos creen que sucedió por una brecha digital a causa de la cual mi peculiaridad fue descubierta. Mi cabeza siempre se ha llevado fatal con la tristeza y la frustración, pero por encima de todo tiene nula tolerancia a la culpa.
¿Qué ocurre cuando te apropias del dolor ajeno? ¿Y qué sucede cuando los propietarios de ese dolor se enteran de que te has asociado a él?
No es una cuestión de jerarquización de afectos, ¡en absoluto!; sino de banalización, frivolización e instrumentalización. Y, en particular, ¿somos nosotros (da igual poetas que simplemente seres sintientes) unos bichos raros? ¿O solo nos convertimos en ellos cuando quedamos al descubierto, cuando nos exponemos o somos expuestos, especialmente en esta época del boom de los creadores de contenido del true crime (salvando ampliamente las distancias)?
Pienso en la antología Alcasseriana (de la gran editorial Antipersona) y me siento un poco más acompañada, pero yo siempre tuve claro que nunca desvelaría el nombre detrás de mi elegía. El que así lo desee puede seguir las miguitas de pan, atar cabos, rastrear las pistas. Ahora sólo me queda pedir perdón por un daño que, por mínimo que haya sido, fue lo último en la vida que jamás quise avivar.
viernes, 23 de enero de 2026
Al que renace de las aguas (23 años hoy)
no se ven en la torre.
Pero yo leo sin descanso, en la soledad de la ermita junto
al mar
los antiguos signos en donde tú estuviste hacia el año mil,
por los bosques, los pantanos, las ramas y las hojas, la arcilla
pisada.
Dentro del corazón está la muerte
como una runa blanca de ceniza.
Acércate por el campo blanco o por el verde campo o por el campo
negro, pero ven.
Detente ante la tumba
donde los dos estamos.